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20 diciembre 2017

Fernando Aramburu

Fernando Aramburo
Fernando Aramburu

Fernando Aramburu, autor de "Patria·, la novela definitiva sobre las víctimas de ETA, que ha obtenido el Premio de la Crítica 2017

Ana Alejandre

Poeta, narrador y ensayista español, nacido en San Sebastián, en 1959. En el seno de una familia obrera. Licenciado en filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza.

Desde siempre se sintió atraído por la literatura y ello le llevó a participar en su ciudad natal en la fundación del grupo CLOC de Arte y Desarte, de tendencia surrealista y dadaista, cuyo grupo editó una revista y tuvo gran actividad en la vida cultural del País Vasco, Navarra y Madrid desde 1978 a 1981. La actividad desarrollada por dicho grupo cultural se basaba en acciones de toda clase y en las que predominaba una singular mezcla de poesía, contracultura y sentido del humor.

Desde muy joven sintió gran admiración por Albert Camus, Fedor Dostoievski y Fran Luís de León, entre otros autores. Inició su actividad literaria con el poemario “Ave Sombra” (1981) y poco después “El librillo” que es una colección de textos poéticos para niños.

La primera obra literaria de Aramburu, autor que ha manifestado siempre una profunda admiración por autores tan dispares como Albert Camus, Fedor Dostoievski o Fray Luis de León; así como Franz Kafka, Luis de Góngora o Charles Dickens, fue el libro de poemas “Ave Sombra” (1981). También en este período publicó “El Librillo”, textos poéticos para niños.

Se trasladó a residir en Alemania en 1985, en la ciudad de Hannover, y está casado con una ciudadana alemana. En dicho país permanece en la actualidad, en el que ha impartido clases de lengua española a descendientes de emigrantes hasta 2009, año en el abandonó su actividad docente para dedicarse totalmente a la literatura.

Su primera obra la publicó en 1996 y llevaba el título de Fuegos con limón, novela que está inspirada en sus experiencias en el grupo CLOC y en él se observan ciertas resonancias autobiográficas. Dicha obra la protagoniza Hilario Goicoechea, joven universitario de finales de la década de los 70, que pasa a formar parte del grupo literario llamado La Placa. Esta novela obtuvo el Premio Premio Ramón Gómez de la Serna

Su obra literaria está compuesta, hasta la fecha, por nueve novelas, incluyendo la ya mencionada Fuego con limón, a la que siguieron Los ojos vacíos (2000, primer libro de la Trilogía de Antíbula, territorio convulso por el asesinato del rey y la huida de la reina, y a cuyo lugar llega un misterioso extranjero, El trompetista del Utopía (2003) libro cuyo protagonista, Benito Lacunza, trompetista de un bar del barrio madrileño de Almenara, viaja a Estella para reencontrarse con su padre que agoniza. Ha escrito también para el público infantil “Vida De Un Piojo Llamado Matías” (2004).

Una de sus obras más reconocida por la crítica es la colección de relatos “Los Peces De La Amargura” (2006), compuesta por diversos textos sobre las víctimas del grupo terrorista ETA y que ha sido galardonada con diversos premios tales como el Premio Mario Vargas Llosa, el Premio De La Real Academia Española y el Premio Dulce Chacón.

Otras novelas de Aramburu son “El Trompetista Del Utopía” (2003), Bami Sin Sombra (2005), segundo libro de la Trilogía de Antíbula) “Viaje Con Clara Por Alemania” (2010), novela que relata el viaje de una pareja por el norte del país germánico, con el fin de escribir una guía personal;. También, “Años lentos” (2012) que obtuvo el premio Tusquets de novela 2011, obra que narra la crónica de una familia vasca en los años 60.

.A esos títulos le siguieron La gran Marivián (2013. tercer libro de la Trilogía de Antíbula), Ávidas pretensiones.(2014) que ganó el premio Biblioteca Breve. Después publicó “Las Letras Entornadas” (2015), diálogo sobre literatura que invita a gozar de los placeres de la vida.. Por último, publica la aclamada “Patria” (2016) libro del que es protagonista una mujer cuyo marido fue asesinado por un comando de ETA. La viuda decide volver a su hogar cuando la banda terrorista anuncia el abandono de las armas, a pesar de la actitud recelosa de sus convecinos.

. Dicha obra ha obtenido el Premio de la Crítica de 2017, Premio Francisco Umbral al Libro del Año, en 2017, y Premio del Club Internacional de la Prensa 2017.

Aramburu, a lao largo de su carrera literaria, ha recibido otros premios literarios españoles que están reseñados en el apartado dedicado a tal fin.

·Muchas de sus obras han sido traducidas a varios idiomas. Es asiduo colaborador de la prensa española, de cuya actividad se ofrece una muestra en este espacio.



Bibliografía de Fernando Aramburu

Novela:                                                                                                        
Fernando Aramburu

Fuegos con limón, 1996
Los ojos vacíos, 2000
El trompetista del Utopía, 2003
Bami sin sombra, 2005
Viaje con Clara por Alemania, 2010
Años lentos, 2012
La gran Marivián, 2013
Ávidas pretensión, 2014
Patria, 2016

Relato:

No ser no duele, 1997
El artista y su cadáver, textos breves de contenido diverso, bromas surrealistas y microrrelatos; 2002
Los peces de la amargura, 2006
El vigilante del fiordo, 2011

Narrativa infantil:

El ladrón de ladrillos, 1998
Mariluz y los niños voladores, 2003
Vida de un piojo llamado Matías, 2004
Mariluz y sus extrañas aventuras, 2013

Poesía:

El librillo, 1981
Ave Sombra/Itzal Hegazti, 1981
Bruma y conciencia/Lambroa eta kontzientzia (1977-1990), 1993
El librillo, poemas para niños; 1995
Yo quisiera llover, 2010


PREMIOS

Premio Ramón Gómez de la Serna 1997
Premio Euskadi 2001
Premio Mario Vargas Llosa NH 2007 por Los peces de la amargura
Premio Dulce Chacón 2007 por Los peces de la amargura
Premio Real Academia Española 2008 por Los peces de la amargura
Premio Tusquets de Novela 2011 por Años lentos
Premio de los libreros de Madrid 2012 por Años lentos
Premio Biblioteca Breve 2014 por Ávidas pretensiones.
 Premio Ramón Rubial 2016 por Patria
Premio Francisco Umbral al Libro del Año al libro del año 2017 por Patria
Premio de la Crítica 2017 por Patria
Premio del Club Internacional de la Prensa 2017 por Patria


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Artículos de Fernando Aramburu

¿Por qué matamos?
(El País, 24 feb 1998)
Fernando Aramburu

Hay personas que arreglan cañerías, venden fármacos o conducen locomotoras. Nosotros también hacemos lo que sabemos, lo que nos han enseñado. Nosotros matamos. Desde niños nos han alentado a ello las rencorosas soflamas paternas y maternas en torno a la mesa familiar, la ponzoña patrioteril que inocula el maestro en el alma maleable de los alumnos, la cuadrilla de amigos del barrio en la que por vía mimética se aprende temprano a embotar el sentido de la culpa y, cómo no, la taberna, que es la universidad por excelencia de los iletrados.Hay poca cultura dentro de nuestros pasamontañas. Por eso matamos. Matamos por la atracción que ejerce en nuestros cerebros atestados de propaganda el prestigio varonil de la fuerza bruta. A nosotros se nos hace muy cuesta arriba progresar por los vericuetos del razonamiento. La realidad social está cuajada de matices, de sutilezas democráticas, de pros y contras: cuánta complicación. Nosotros preferimos simplificar la realidad allanándola a puro bombazo. La muerte es nuestro lenguaje. La muerte es lo único que podemos decir. El porvenir que anhelamos es el producto resultante de un alto número de muertos. Se hace camino al matar.

Matamos antes de nada para ganar enemigos, por cuanto la existencia del enemigo justifica el matar. Nosotros acertamos caiga quien caiga. "Algo habrá hecho para que lo maten", se oye a menudo murmurar en las esquinas de Euskadi. La culpa es siempre de la víctima y de quienes vierten lágrimas por ella. Nosotros aspiramos a la paz, a una paz duradera y justa, que consiste principalmente en que nosotros dejemos de matar. Si no fuera porque aspiramos a la paz, no habríamos matado a ochocientas y pico personas, niños inclusive. ¡Con lo sencillo que sería alcanzar un acuerdo! Hágase nuestra voluntad, frágüese una frontera al viejo estilo, que aísle Euskalherría del resto de Europa, y entonces.... entonces sólo mataremos en nuestros pueblos y vecindades.

Nosotros matamos para que al día siguiente lo cuenten con detalles los medios de comunicación, de suerte que los comentaristas de actualidad nos aclaren a nosotros mismos por qué matamos, cuál es el sentido de nuestra acción y, muchas veces, a quién hemos matado. Matamos de costumbre con pretextos acompañados por el adjetivo vasco, en la inteligencia de que todo lo vasco inspire resquemor, antipatía, repugnancia. Pretendemos que la ciudadanía española y francesa, confundida por la rabia, aborrezca no menos a los vascos pacíficos que al puñado violento. Nuestras balas no atraviesan nucas para que después las multitudes griten "ETA no, vascos sí"; pero en el fondo qué más da si, total, nosotros vamos a matar se diga lo que se diga y pase lo que pase. Pues cuando, al filo de las primeras canas, comprendemos el sinsentido de matar, aparece un nuevo bruto, joven, voluntarioso y con ansias de reunir méritos de guerra, que toma el arma y reanuda la matanza.

Matamos, algunos, con la vista puesta en lograr reconocimiento de vasquidad. Por la puerta de la militancia seperatista aspira a asimilarse el descendiente del inmigrado. Matar con esa excusa da derecho al pasaporte vasco en la nación deseada. Matar para ser vasco. No faltan en nuestras listas de solícitos apretadores de gatillos patronímicos como Álvarez, González Peñalva, López Riaños, Manzanos, Parot, etcétera. ¿Qué diría Sabino Arana si supiera que individuos de dudosa pureza sanguínea y de preocupante Rh, enarbolan su bandera, se apropian de su entelequia patriótica y luchan por la liberación de Euskalherría liquidando a gente llamada Olaciregi, Iruretagoyena o Múgica? No queda más remedio que redefinir el concepto de raza vasca. Vasco auténtico: dícese, hoy por hoy, de cualquier habitante del planeta que postula la independencia de Euskadi. El resto de la humanidad está en la lista negra.

Y es que en realidad nos vence el miedo a dejar de matar. Lo uno por no estar en una celda a solas con el recuerdo de lo que hicimos, a merced de los remordimientos y de la certeza incontestable de la inutilidad de nuestro furor.

Lo otro, porque ¿quién tiene redaños para ser el Maroto que ponga fin con un nuevo abrazo de Vergara, de Argel o de donde sea, a esta guerra unilateral cuyo único lance bélico consiste en que nosotros vamos por ahí a escondidas y matamos? Dejar de matar nos irrogaría el repudio de los compañeros de locura. Caminaríamos por el pueblo y oiríamos mascullar a nuestra espalda: ése es el traidor que ordenó la tregua indefinida. Supondría, además, admitir públicamente que toda la sangre derramada, la propia y la ajena, ha sido en vano. Mejor, por consiguiente, seguir matando, aunque sea en vano, hasta tanto llegue la derrota que en nuestro fuero interno apetecernos; la que nos sacaría del laberinto que nosotros mismos hemos maquinado y del que no sabemos salir solos; la que transmitiría a las generaciones venideras de adolescentes vascos, imbuidos del fanatismo nacionalista, el convencimiento de que todavía existe una cuenta histórica pendiente.

Por nuestra cuenta no pararemos nunca de matar, como no sea que, desatada la disidencia en nuestras filas, nos matemos a tiros entre nosotros. Ya falta menos, no se preocupen. Y, si no, al tiempo.


Tocado por la genialidad
Fernando Uramburu
(El País 17 may 2017)

La primera vez que oí mencionar el nombre de Félix Francisco Casanova fue en una carta del poeta Francisco Javier Irazoki. Se acababa la década de los setenta del siglo pasado. Por entonces seguía siendo común el intercambio epistolar. Me bastaron unas pocas muestras de la poesía de aquel chaval canario, muerto pocos años antes por causa de un escape de gas mientras tomaba un baño en su domicilio de Santa Cruz de Tenerife, para percatarme de su enorme calibre literario.

Aquellos pocos poemas que conocí por mediación de Irazoki tenían los ingredientes justos para que a uno, al leerlos, le produjesen con gran intensidad la experiencia poética. No me cupo la menor duda de que quien los había compuesto estaba dotado de una gracia particular. No es sólo que los textos estuvieran bien escritos. De hecho, la literatura de Casanova huele a todo menos a escritorio. Era otra cosa que nadie, ni el erudito más dilecto, ha sabido definir hasta la fecha, aunque somos muchos los que nos llenamos la boca con su nombre.

Aquellos poemas tenían un misterio, una musicalidad no nacida de las convenciones métricas y una fuerza expresiva que los hacía de todo punto seductores. Eran, desde luego, distintos de cuanto escribían los jóvenes de mi tiempo; en muchos casos, dignos epígonos del estilo literario de sus mayores. No, aquellos poemas en los cuales lo lúdico y lo luctuoso se mezclaban con afortunada y a la vez inexplicable armonía estaban tocados de la genialidad. Los largos años transcurridos desde entonces no me han apeado de mi impresión primera.

Aquellos poemas tenían un misterio, una musicalidad no nacida de las convenciones métricas y una fuerza expresiva que los hacía de todo punto seductores
Otro poeta, Jorge G. Aranguren, me proporcionó las señas postales de Félix Casanova de Ayala, padre de Félix Francisco. Ya entonces el hombre, que, aquejado de melancolía, había renunciado a prolongar su propia obra, cultivaba con entrañable denuedo la memoria del hijo fallecido. Le escribí. Me topé con lo que había, una humanidad profundamente dolida, primero por la pérdida de la esposa, después por la del hijo superdotado y compañero de páginas. Juntos habían llenado de poemas Cuello de botella, cuya publicación Félix Francisco no pudo ver. Su padre me procuró los libros de este. Él mismo me los había dedicado en nombre del hijo para siempre ausente. El cartero me entregó aquellas joyas enviadas a San Sebastián desde Canarias: una maleta llena de hojas, la referida Cuello de botella y un diamante en forma de novela, El don de Vorace, que Félix Francisco había escrito a los 17 años en poco más de 40 días.
La publicación de las Obras completas de Casanova, editadas con esmero por la editorial Demipage, supervisadas por el ojo infalible de Irazoki, se me figura un acontecimiento cultural de primera magnitud. A veces dan ganas de que existan el cielo, el más allá, no sé, una atalaya para difuntos desde la cual Félix Casanova de Ayala pudiera disfrutar del resultado de sus desvelos. A su lado, Félix Francisco seguro que se lo tomaría a risa mientras indaga qué tipo de música escuchan los jóvenes actuales.